Como cuatro centinelas, los volcanes Montsacopa, Montolivet, Bisaroques y Garrinada custodian Olot. Una ciudad mágica que emerge del centro de los volcanes con la vitalidad incandescente de la lava, y nos atrapa con la belleza de su entorno natural y el arte de sus calles
Tener el privilegio de haber nacido entre volcanes imprime carácter. Y Olot es el epicentro del Parque Natural de la zona volcánica de la Garrotxa, un parque natural de características únicas en toda la península. Las peculiaridades del suelo y el paso de las aguas del río Fluvià han ido esculpiendo el contorno de la voluptuosa naturaleza que rodea y se entremezcla con la ciudad. Desde la cima del Montsacopa, privilegiado balcón con vistas sobre la ciudad, hasta el Parc Nou, antiguo jardín de una casa señorial que hoy alberga la Torre Castanys, de estilo modernista y sede del Museu dels Volcans. Un sentido homenaje a los volcanes, los terremotos, la vegetación y la fauna que configura el paisaje de esta tierra. Parajes que ha sido reclamo y fuente de inspiración de artistas que nacieron o llegaron a Olot y dejaron también su huella.
ALMA ARTÍSTICA
Pasear por las calles de Olot nos obliga a mantener continuamente la boca abierta. El recorrido por la calle Major o la calle Blay nos descubrirá singulares edificios modernistas como la casa Gaietà Vila, con sus tres fachadas -a cual más bella- o la casa Solà-Morales, del siglo XVIII, que el arquitecto Domènech i Muntaner restauró con gran acierto en los años 1915-1916. Y es que la tradición arquitectónica de esta ciudad se nutre de una excelente combinación de estilos artísticos, con obras tan emblemáticas como la Portalada renacentista del Hospital o la Iglesia de Sant Esteve del siglo XVIII que conserva en su interior tres muestras de ese inspirado paso de los siglos: el retablo del Roser, obra del artista barroco Pau Costa, junto a la escultura situada en el altar mayor de Josep Clarà de principios del XX. También fruto del devenir del tiempo es la iglesia de la Mare de Déu de Tura, de estilo barroco, pero en el que se conserva una bella imagen románica de la patrona de la ciudad. El resto de su devoción se lo dedican los olotenses a Sant Francesc a quien está consagrada la iglesia parroquial situada en lo alto del volcán Montsacopa. De estilo neoclásico, fue construida en el XVIII sobre las ruinas de la iglesia románica original que fue destruida tras los terribles terremotos del XV. Aquí se haya una de las joyas artísticas de la ciudad, la turbadora pintura del Greco titulada Cristo agarrado a la Cruz.
Precisamente los siglos XVIII y XIX fueron la época más esplendorosa de Olot. Pistas de este floreciente periodo nos las dan la casa señorial de Can Trinxería, el Firal (como se conoce a una de las plazas de toros más antiguas de España) o el edificio de l’Hospici, que además de un vistoso patio interior compuesto por tres galerías de arcadas acoge el Museo y archivo comarcal. Allí podremos contemplar las obras de la Escuela de Olot, importante movimiento pictórico que tuvo su principal musa en los paisajes de la comarca.
ESPÍRITU DE AGUA
Entre los principales temas de la escuela paisajística de Olot están las numerosas fuentes que riegan la ciudad y sus alrededores. La porosidad de las tierras volcánicas facilitó la acumulación de aguas subterráneas y actualmente se tienen enumeradas más de ochenta fuentes, entre las que destacan la Font de la Deu y la Font de la Moixina. Ambas se sitúan en un paraje de una belleza líquida, fresca y remota: los Aiguamolls de la Moixina. Aquí, el agua es una constante. Incluso el aire tiene una textura húmeda que el espeso bosque no hace más que potenciar. Entre los robles y sauces se esconden pequeñas concentraciones de agua, lagos invadidos de juncos y lirios de agua. Una idílica postal en la que solo nos falta dibujar diminutas ninfas acuáticas, los espíritus del agua.
QUÉ VISITAR
“Agafa un dolç oblit de tot lo món, en el silenci d’aquell lloc profon.” (Te atrapa un dulce olvido de todo el mundo, en el silencio de este lugar profundo.) Así describe el poeta Joan Maragall este rincón privilegiado a escasos kilómetros de Olot.
Y no hay mejor modo de referirnos a la Fageda d’en Jordá, donde las copas de las altísimas hayas parecen detener, además de los rayos del sol, el tiempo. Y donde por fin recuperamos la paz que el frenético ritmo cotidiano nos había hecho postergar. Es el efecto de esa luz matizada por las hojas de los árboles y el impenetrable silencio de este inmenso bosque de hayas, hijo del volcán Croscat y de la lluvia. El retoño, que ya cuenta con varios miles de años, nos muestra en otoño su cara más bella. Durante los meses de noviembre y diciembre la paleta de colores es inigualable. Verdes, ocres, castaños, rojizos, dorados, el follaje parece haber entrado en una competición donde todos los tonos del otoño quieren estar presentes.
Al llegar, la primera recomendación es dejar el coche en el parking habilitado para los voluntarios a conocer una de las mayores extensiones de hayas de Europa. Por los caminos señalizados a pie, en carro tirado por caballos, con la familia, con amigos o solo, las opciones de recorrer este lugar son como las caras de un prisma que nos harán descubrir diferentes puntos de vista de un bosque, en el que lo único imperdonable es no haberse perdido alguna vez. |