En Shanghai convive la tradición de los templos y los budas con el futurismo de los rascacielos. Es una de las ciudades portuarias más importantes de China pero también una de
las urbes con más comercios del país
Si se tiene en mente viajar a Shanghai uno debe olvidarse del clásico sombrero de paja de ala ancha o del traje mao y hacerser a la idea de que se va a sumergir en una ciudad que, como su nombre indica, está sobre el mar pero que también podría bautizarse como la Ciudad de las Luces.
De noche, deslumbran los cientos de miles de pósters publicitarios que cuelgan en las fachadas de los edificios y que hacen de Shanghai una ciudad futurista a lo “Blade Runner”. Incluso se podría confundir con Nuevo York si no fuera porque en esta ciudad cohabitan más de 15 millones de chinos, de los cuales dos millones viven literalmente sobre el agua en viviendas flotantes.
LA BIENVENIDA DE LA CIUDAD
El primer impacto visual se lo lleva el aeropuerto Pu Dong. Es una premonición de lo que se verá más tarde en Shanghai pero para llegar es recomendable olvidarse por completo del autobús. Puede tardar una hora cuando el mismo trayecto con tren se hace en tan sólo 10 minutos. Es rápido pero la contrapartida está en la falta de espacio en un país que supera el 1,2 billón de habitantes. La principal estación de tren de Shanghai, como todas, es muy ruidosa y está superpoblada. No en vano, el tren es el principal medio de transporte interurbano: es barato, mucho más seguro que los autobuses y llega a todas partes. De hecho, el entramado férreo tiene 52.000 km de líneas, algo inimaginable en nuestro país.
El reto está en comprar el ticket. Es importante armarse de paciencia y preparar los músculos para hacerse paso hasta la ventanilla entre las decenas de personas con el mismo objetivo. Si la altura acompaña, se debe aprovechar para avanzar puestos. En algunas estaciones, hay polícias colocados en una silla de socorrista cerca de cada ventanilla para controlar que la pelea que no se desmadre demasiado. Se le da margen a la algarabía pero hasta un cierto punto. Por otro parte, es aconsejable ir antes o después del viaje al lavabo porque con tanta humanidad en las estaciones y en los trenes no hay tiempo de limpiar los baños.
SOFISTICACIóN GENUINA
Vale la pena superar el viaje en tren para encontrar luego una ciudad industrial, moderna y comercial de marcado carácter colonial. Shanghai tiene muchas caras: las estrechas callejuelas del casco antiguo que nos remontan a siglos atrás o los edificios futuristas que llegan al cielo y que son de vértigo. Tradición y modernidad van de la mano.
El exotismo oriental o el aroma a incienso se mezclan con torres de 30 metros de altura que son fruto de la influencia occidental. Al igual que los cientos de tiendas que abarrotan calles como Nanjing o Huanihai y donde es inevitable comprar y comprar aunque uno no sea una persona compulsiva. Es recomendable viajar con la maleta medio vacía porque, muy probablemente, se vuelva con algún objeto de porcelana, jade, cerámica con o sin esmalte o prendas de seda china, raso, satén o gasa.
Finalizado el tour de compras apetece sentarse un rato mientras se goza de un buen espectáculo. Hay para escoger, pero sin duda merece una visita el Centro de Acrobacias, famoso en la ciudad. Es una fiesta ver con qué agilidad se mueven, sobre todo cuando no se puede dar un paso más.- |