La Rioja es un punto de visita obligado para los amantes del vino. La región invita al viajero a degustar toda clase de caldos en bodegas que reflejan la historia de esta zona vinícola. Incluso algunas de ellas se han convertido en museos
Si hay algún lugar de España que destaque por encima de otros en tradición vinícola, con una calidad de caldos apreciada en el mundo entero, éste es La Rioja. Dicha comunidad, enclavada en el Valle del Ebro, entre el río Ebro al norte y las estribaciones del la Sierra de la Demanda al sur, conjuga clima mediterráneo y atlántico, lo cual, junto a la constitución del suelo, le otorga unas características privilegiadas para el cultivo de la vid.
La tradición vinícola de la Rioja viene de lejos. Se sabe que los pueblos mediterráneos que llegaron a aquellos lares en la época romana introdujeron este cultivo, y ya en la Edad Media había arraigado con tanta fuerza que constituía una base de la alimentación. Incluso algunas veces durante esta época, en temporadas de escasez de maíz, se utilizó el vino como moneda de cambio. A finales del siglo XVII, la Junta General de Cosecheros de Logroño se reunió para plantear la necesidad de construir y mejorar los caminos para facilitar su comercialización. Esto es una muestra de que los caldos han constituido, desde tiempos remotos, el motor económico de la comarca. Pero el impulso definitivo lo supuso la calificación de Denominación de Origen en 1925.
TURISMO VINíCOLA
La cultura del vino, tan arraigada en la Rioja, tiene un indudable valor turístico. Bodegas, fiestas, museos o artesanía ofrecen a los viajeros un marco singular que le dará una idea de la importancia que para los lugareños tiene este cultivo. Sólo en la cantidad y variedad de oferta de bodegas para visitar se puede establecer la historia de la comunidad. En Sonsierra, por ejemplo, se encuentran los lugares rupestres donde antaño se pisaba o prensaba la uva, lo que permitía producir el vino al lado de las viñas. De este modo, los labradores que no poseían bodegas propias sólo tenían que transportar a sus casas el mosto para obtener vinos claretes. Pueden encontrarse las populares bodegas familiares riojanas, excavadas en la tierra o en la roca, que ofrecían las condiciones ideales de temperatura y humedad. Estas antiguas construcciones dieron paso, a partir de 1860, a otras de dimensiones mucho mayores para albergar los vinos de crianza. La arquitectura de las bodegas, en una época en que se concibieron ya como un proceso industrial, tiene un notable interés testimonial del auge de la región.
MUSEOS DEL VINO
Pero a finales del siglo XX y a principios del XXI, la modernidad ha llegado a unas construcciones que tienen un carácter marcadamente tradicional. Los arquitectos más relevantes del mundo no han podido resistir la tentación de diseñar nuevos espacios para la elaboración del vino, con lo que algunos caldos, que son una obra de arte, se producen en edificios de una calidad artística no menos innegable. Es el caso del valenciano Santiago Calatrava, que ha diseñado la bodega Ysios, o del americano Frank O. Gehry, que ha hecho lo propio con las Bodegas de los Herederos del Marqués del Riscal.
A partir de 1991, con la transferencia de la Estación Enológica a la Comunidad Autónoma de la Rioja, se creó el Museo del Vino de la Rioja. En él se pueden conocer desde las características geológicas hasta las variedades de vid y procesos de elaboración.
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