Para conocer India habría que vivir en ella toda una vida. Son tantos los mundos que la habitan que resulta difícil descubrirlos en un solo viaje.
Por eso, antes de partir conviene decidirse por alguno de esos mundos y dejar otros para un segundo tour porque India no deja indiferente a nadie
Namasté! Así se saludan en la India y es la mejor manera de caer bien en una sociedad que utiliza hasta 15 alfabetos diferentes y que ya suma más de 1.000 millones de habitantes.
En la capital, Nueva Delhi, el trajín es constante y resulta divertido ver cómo en la calle se mezclan las vacas sagradas con los elefantes que traen suerte, los coches y los rickshaws que hacen las veces de taxi. Es emocionante subirse a un rickshaw que simula a un sidecar pero con dos plazas para sentarse y sin puertas. Se siente la velocidad y la cercanía de los otros miles de rickshaws que circulan a escasos metros y que siempre se muestran atentos a los turistas que, por ejemplo, se dirigen de visita a Rajghat: el lugar donde fue incinerado Mahatma Gandhi. Pero una vez en Delhi, también vale la pena acercarse a Jama Masjid, la mezquita más grande de la India o al Fuerte Rojo donde pagará la entrada a precio de turista porque los visitantes hindúes siempre pagan mucho menos.
Tampoco debería sorprender que las mujeres occidentales se conviertan en el centro de atención de los hombres autóctonos, sobre todo si se quedan solas. Pero no deben asustarse por ello, pues sólo miran. Donde pasarán más desapercibidas es en el enorme bazar subterráneo repleto de paraditas como las del metro de Barcelona o Madrid que se encuentra en el centro de Nueva Delhi.
Pero lo exótico de verdad se encuentra en las pequeñas ciudades y pueblos donde se concentra todo el aroma del incienso hindú y los colores de la tierra y el fuego. Así, nos podemos despedir de la capital con el impresionante desfile militar y las danzas típicas que se celebran con motivo de la Declaración de la República el 26 de enero de 1950 para continuar camino hacia el norte de la India y perdernos entre sus gentes y sus festividades.
EL FESTIVAL DEL HOLI
También se lo conoce como el Festival de los Colores o del Fuego y se celebra en el norte de la India catorce días antes del comienzo del año nuevo hindú (entre los meses de febrero y marzo). Dura dos días enteros y durante la noche sagrada se prepara un impresionante fuego para quemar la figura de paja que representa a "Holika", aliado de las fuerzas del mal que simboliza el triunfo del bien. Al día siguiente, miles de hindúes se mojan con el "Abir" o agua coloreada al son de los tambores. Se festeja la llegada de la primavera y todos, turistas incluidos, se arrojan agua con polvos de color rojo.
SHIMLA: LA CIUDAD DE LOS MONOS
Y ya que nos encontramos en el norte de la India celebrando el Holi deberíamos visitar Shimla, la capital de Himachal Pradesh donde se ponen a prueba los cinco sentidos. Se encuentra a unos 2.300 metros de altura, casi a los pies del Himalaya y en invierno se convierte en un manto blanco de nieve y en una impresionante estación de montaña.
Pero se agradece respirar aire puro tras la contaminación de Delhi sobre todo a partir del mes de abril cuando el calor empieza a ser insoportable.
La curiosidad en Shimla está en sus habitantes: los monos que conviven a diario con las personas. Es más, está lleno de macacos que birlan nueces y almendras con mucho savoir faire y diplomacia a los transeúntes o a los despistados que dejan las ventanas de la habitación del hotel abierta. Una travesura que se puede llegar a prever tras visitar el templo de Jakhu, dedicado al dios mono Hanuman. - |