Marruecos es el último de los países árabes en despedir al sol. Tal vez por eso la luz de sus ciudades es tan especial. Como la de Marrakesh, reflejo deslumbrante del pasado. O la de Essaouira, un festín de color junto al mar
Bajo las montañas del Atlas está Marrakesh, capital del sur de Marruecos, a la que llaman la ciudad espectáculo. Parte de esa fama, la debe a la plaza Jeema el Fna donde saltimbanquis, narradores de cuentos, adivinos y curanderos compiten con encantadores de serpientes en la tarea de hipnotizar al viajero. Una carrera por la fascinación que tiene su máximo apogeo cuando, al atardecer, mil lámparas de acetileno se encienden para dar paso al circo de luces, aroma y sabor en los restaurantes ambulantes o en improvisados puestos de frutas y zumos naturales. No muy lejos de la bulliciosa plaza, las chispas de los latoneros martilleando el metal atraerán nuestros pasos hasta el Zoco. Allí continúa la pugna de colores y aromas. Lanas y pieles, alfombras y caftanes, artesanía milenaria junto al sinfín de especias, aceitunas y hierbas aromáticas que emborrachan por igual vista y olfato. Y todavía en las calles de Marrakesh se grabarán a fuego en nuestra retina el mármol rosa de las fuentes, el azul de patios embaldosados, el oro y el ónice de los palacios.
CENTINELAS MARINOS
Más al oeste, a unos kilómetros de Marrakesh, buscando la paz que ofrece contemplar el mar, la siguiente parada obligada es Essaouira, antaño conocida como puerta marítima de Tumbuctú, porque allí se iniciaban las rutas hacia la legendaria ciudad. Imán de poetas, artesanos y creadores de todo el mundo, Essaouira se protege de lo mundano, tras una regia muralla coronada por cañones. Convirtiéndose en paraíso del arte, el misticismo y la bohemia en pleno siglo XXI. Un collage de casas blancas de postigos azules, terrazas de cafés moros que invitan al té de media tarde y antiguas moradas de pachás con su seductora profusión de detalles. Y si resistimos a la tentación de comprar algo de la bella joyería o marquetería que se vende en la ciudad siempre nos quedará para el recuerdo el inconfundible aroma a Atlántico que domina Essaouira. Y de la costa volvemos al interior. Hacia el norte de Marrakesh nos aguarda Safi, la bella ciudad de los ceramistas. En lo alto de su colina se agolpan decenas de artesanos que nos mostrarán las sutilezas de un arte milenario. La ciudad mantiene intacto el encanto de su puerto de pescadores, que cada tarde se apresuran a subastar su carga, vigilados por la imponente silueta de Dar el-Bahr, “castillo de mar” que ha sido residencia de gobernadores y sultanes. Despedir las últimas luces del día desde sus almenas, desafiantes y orgullosas. es un raro privilegio al que ningún viajero querrá renunciar.
CóMO LLEGAR
La estrecha relación de España y Marruecos ha facilitado desde siempre las comunicaciones entre los dos países. Por eso, los interesados en volar hasta el fascinante Marrakesh, la mítica Casablanca o el puerto de Tánger no tendrán problema gracias a Royal Air Maroc que cuenta con 45 años de experiencia y actualmente ofrece 51 vuelos regulares semanales directos desde Barcelona, Madrid, Valencia, Málaga y las Palmas.
Precisamente la ciudad condal es punto estratégico para la compañía y en su programación primavera/verano 2005 estrena 17 vuelos semanales a Marruecos. El vuelo Barcelona Marrakesh, destino favorito del turista español, tiene una duración de 2 horas y puede adquirirse desde 215 Euros. Aquellos que decidan volar a Casablanca podrán hacerlo también por este precio, mientras que el trayecto Barcelona Tánger cuesta 190 euros. |