Ryads con todo el lujo oriental a precio europeo y niños descalzos en la ciudad de las babuchas : así es Marrakech
En las tortuosas calles de Marrakech, el lujo y la miseria han tenido que aprender a convivir juntos. Ambos, como los protagonistas de cualquier cuento de Las mil y una noches, se aman y se desafían, se retroalimentan y se odian. Es difícil escapar a este juego de paradojas habiendo visitado la ciudad y sus alrededores. Áridas montañas junto a clubs de golf abundantemente regados y mujeres asfixiadas bajo capas de pesadas telas al lado de féminas vestidas a la última: más contrastes para una ciudad en que no existen los grises. En Marrakech todo es o blanco o negro.
POR LA CIUDAD IMPERIAL
Visitar Marrakech es perderse por la sinuosidad de su casco antiguo. La ciudad imperial, custodiada por sus famosas murallas de adobe rojo, es pequeña e inagotable a la vez. Se pueden visitar en un día todos sus puntos clave o callejear por ella durante toda una semana descubriendo a cada momento recónditos espacios nuevos y encantadores, como los hermosos ryads, mansiones tradicionales.
La Koutoubía es la primera cita inexcusable. La famosa mezquita se dispara en un alminar que se alza imponente, sereno y robusto recortado sobre el cielo azul y velado por palmeras que se disputan su cúspide. En hora de plegaria, la llamada a la oración que realiza el imán desde lo alto del minarete impregna la acústica de la ciudad de un áurea legendaria con regusto medieval.
Pero lo que mejor guarda la memoria en el cuaderno de viaje de quien acude a Marrakech es su zoco y la plaza Jemaa al Fna, la enorme explanada triangular que le sirve de entrada. El mercado sorprenderá a quienes se atrevan a ser engullidos por su estructura laberíntica y el bullicio de la marabunta humana que allí se congrega. Vendedores que jamás se dan por vencidos, colores del paraíso en hileras de babuchas a la venta, pesados carros tirados por burros, regateos por diez dirhams, aromas especiados y hedor a cuero y pescado... Infinitas son las impresiones que dejan con la boca abierta. Y en Jemaa al Fna el festival de sensaciones continúa. La plaza, que cambia de fisonomía a lo largo del día, llega a su apogeo al caer la noche: mientras el cielo se tiñe de naranja atardecer, en la Plaza se encienden centenares de luces blancas que iluminan puestos de los más variados manjares. Junto a ellos, barbudos cuentacuentos, encantadores de serpientes y monos saltimbanquis, aguadores coloristas, dentistas rudimentarios y danzarines transvestidos. Innumerables imágenes que se suceden trepidantes en una plaza que, como la ciudad que la abraza, rebosa vida por los cuatro costados.
EN NUNCA JAMáS
Si la actividad urbana de Marrakech ya sorprende por su diferencia respecto al modus vivendi occidental, sumergirse en el ámbito rural puede representar un auténtico choque cultural del todo enriquecedor. Para ello, lo más recomendable es realizar una ruta en 4X4 por el Gran Atlas. A lomos del todoterreno y a ritmo de las convulsiones del camino asistiremos a decenas de pueblos atemporales en los que los únicos habitantes son niños: niños que conducen burros cargados con el producto segado de toda una temporada de trabajo y niñas con enormes tajires de comida sobre sus diminutas cabezas que llevan el almuerzo a sus padres al campo. He aquí el País de Nunca Jamás: los niños regentan el pueblo mientras los padres trabajan la tierra que les da de comer. No existe un lugar más joven. |