Equilibrio y tradición definen a una Lisboa que ha sabido conservar sus costumbres más arraigadas pero con los ojos puestos en el futuro
El reciente Campeonato Europeo de fútbol demostró que Lisboa es una ciudad cosmopolita, con buenas infraestructuras hoteleras y preparada para recibir a sus visitantes con la mejor combinación de tradición y modernidad. Una ciudad que tiene los ojos puestos en el futuro pero que no renuncia a un pasado demasiado presente en sus tradiciones y en el propio devenir de su historia más reciente.
LA ESENCIA LISBOETA
La capital portuguesa puede presumir de ser una ciudad de contrastes en la que los recuerdos conviven con las apuestas futuras: los barrios más tradicionales como el de la Alfama –considerado por los propios lugareños como el más pintoresco, ya que conserva el trazado del antiguo núcleo musulmán y judío- nada tienen que ver con las grandes avenidas de edificios de oficinas, bullicioso tráfico y hombres de negocios que se alza en la periferia.
Pero a pesar de que esa nueva Lisboa que se ha abierto a la modernidad emerge con fuerza, la esencia de la ciudad se descubre paseando por su casco antiguo, cercano a la Plaza Rossio, callejeando por los alrededores del Castillo de San Jorge entre calles empinadas o descubriendo el placer de perder la mirada en el estuario del Tajo, donde las aguas del río luchan por encontrarse por fin con el océano. Y todo ello mientras el olor a pescado, sobre todo a bacalao, abre el apetito de cualquiera.
Los elevadores son todo un símbolo de la ciudad y una de las formas más prácticas de salvar el desnivel entre los barrios más próximos al río y los que se encuentran en la zonas más altas, como Barrio Alto o Graça.
Merecen también una visita la Torre de Belém, construida hace varios siglos para impedir el acceso de buques hostiles por mar, el Monumento a los Descubrimientos, y el Cristo Rei, una réplica del Cristo de Río de Janeiro que, con los brazos en forma de cruz, se alza en la orilla apuesta a Lisboa, abrazándola desde la lejanía.
EL PESO DE LA MEMORIA
Los viejos eléctricos son una buena excusa para conocer la Lisboa con más historia; aquella que impregna de melancolía los muros de los edificios decadentes, la que deja su huella en las calles retorcidas y empinadas que reposan a los pies del Castillo de San Jorge o la que se pierde entre las siete tortuosas colinas que dibujan el perfil lisboeta.
A bordo de estos tranvías amarillos a uno parece habérsele parado el tiempo. Aunque aparentemente desgastados por el paso de los años, son el mejor ejemplo de cómo la ciudad sigue conservando viva su memoria.
Pero Lisboa es mucho más y para descubrirla recomendamos pequeñas escapadas que permitan alargar en el tiempo ese gran tesoro portugués. |