Hoy es una capital cosmopolita pero Lisboa ha sabido mantener esa estampa añeja que destila una calidez que muchas ciudades han perdido
Lisboa huele a mar, a bacalao, a claveles. En Lisboa se escucha fado, se recuerda a Fernando Pessoa. Se respira melancolía, tranquilidad, añoranza de un pasado latente en los edificios maltratados por los años. En Lisboa se recibe hospitalidad y se ofrece una ciudad presidida por siete tortuosas colinas que obsequian al visitante con postales de una belleza singular. Algunas de ellas se obtienen desde las numerosas terrazas que, a modo de mirador, están situadas en puntos estratégicos, cara a cara con el estuario del río Tajo. Allí, mientras se toma un refresco o se saborea una exquisita taza de café, se percibe cómo la modernidad de los puentes Vasco de Gama y 25 de Abril -que conectan Lisboa con la otra orilla- contrasta con la ciudad antigua y popular en la que uno se sumerge.
Además, su proximidad al Atlántico le confiere una luz que emana con generosidad de los destellos del sol en el agua.
LISBOA ANTIGUA
La Lisboa antigua hay que conocerla a pie o en tranvía. En los alrededores de la plaza Rossio se encuentra el centro de la ciudad, datado del siglo XVIII, coronado por el castillo de San Jorge. A sus pies, el barrio de Alfama, para algunos el más pintoresco, con un enjambre de calles antiguas y llenas de color. En lo alto de la colina, el Barrio Alto, repleto de bares y restaurantes.
Caminando se descubren rincones ocultos, edificios que conservan sus orígenes medievales, callejuelas árabes que se retuercen y calles empedradas a veces difíciles de recorrer. Se intercambian miradas con las señoras que charlan plácidamente con sus vecinas sentadas en sillas a las puertas de sus casas e incluso en ocasiones se ha de sortear la ropa que está tendida en la misma acera. Todo ello le confiere un encanto especial y una atmósfera amigable.
En tranvía se descubre la Lisboa nostálgica. Estos “viejos amarillos” guardan la memoria de la capital portuguesa, subiendo y bajando las siete colinas. La Alfama, Strela, Graça, Prazeres... comparten su devenir diario con los “eléctricos”, auténticas reliquias que todavía se mantienen sobre los raíles y que le dan un toque de melancolía a esta capital que se moderniza y tiene los ojos puestos en el futuro.
También están los elevadores. El más popular es el de Santa Justa, en el Barrio Alto, que recorre una distancia vertical de 32 metros y se ha convertido en uno de los atractivos de Lisboa.
En nuestro recorrido por la ciudad, no debemos dejar escapar una visita a Belém, en la zona occidental. En este barrio, se recomienda acercarse al Monasterio de los Jerónimos (del siglo XVI), la Torre de Belém, construida hace varios siglos para impedir el acceso de buques hostiles por mar y el Monumento a los Descubrimientos.
VISOS DE MODERNIDAD
Pero en Lisboa no todo es antiguo. La nueva ciudad de elegantes avenidas, edificios altos, restaurantes y centros comerciales emerge con fuerza en la periferia. Paseando por esta zona uno vuelve a lo que está acostumbrado en la gran ciudad: el tráfico, la confusión, el ruido, las oficinas... Un nuevo entramado urbano que incluso resulta atractivo, quizás por el contraste. El Parque de las Naciones es un claro exponente de este resurgir. Acogió la Expo de 1998 y hoy es un centro de ocio y de negocios.
El resto de Lisboa debe descubrirse con tranquilidad, disfrutando de cada rincón y empapándose de ese sabor a tradición e historia que ha dado forma a la ciudad que hoy es.
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