Antes de salir: Procure hacer un plan de etapas previo, pensando que lo normal es recorrer 25 ó 30 kilómetros cada día y ello requiere una condición física que no siempre se tiene con la rutina de la urbe. Por eso se recomienda entrenar el cuerpo y partir con una buena forma física. Pero no sólo el cuerpo, también la mente necesita prepararse para peregrinar: el buen peregrino es austero y honrado.
La mochila: Lleve un calzado adecuado porque es la parte fundamental del equipaje y nunca estrene las botas en el Camino. No se olvide de las zapatillas para la ducha o de los ratos de descanso ni un saco de dormir ya que muchos albergues sólo ofrecen unos metros de suelo. Tampoco está de más llevar tapones de oídos para evitar noches en vela por los ronquidos de otros peregrinos. Es imprescindible la cantimplora con agua, el bastón o bordón para acompañar el paso en caminos resbaladizos, la Credencial del Peregrino, el botiquín, el papel higiénico, la toalla, el cortaúñas y los imperdibles para colgar ropa u otros enseres de la mochila. En total no se deben superar los 10 kilos de peso.
El Camino: está marcado a base de flechas amarillas y mojones de piedra. Sigua la flecha y no se perderá. Lleva siempre algo dulce y frutos secos a mano para reponer energías en un momento de debilidad.
Indulgencia plenaria: para lograrla hay que visitar la catedral recitando una oración, recibir los Sacramentos de la confesión 15 días antes o después de la visita y comulgar tras la confesión. |